Segregación sin segregacionistas
¿Son los barrios segregados racialmente fruto de una decisión consciente? ¿De una planificación centralizada? ¿Es el urbanismo el causante? O ¿Puede ser que sean el resultado agregado de las decisiones de ciudadanos individuales?
Esto se preguntaba en 1969 Thomas C. Schelling.
Imagina un vecino cualquiera. No es racista: le da igual el color de sus vecinos y no le importa ser minoría en su calle. Pero un día mira alrededor y se da cuenta de que es el único. Y eso, aunque le cueste admitirlo, le incomoda. Así que se muda. Nada más. Ese es todo el prejuicio que hace falta.
Con unas pocas reglas sencillas podemos simular este comportamiento. Dos grupos conviven en una cuadrícula. Cada individuo está feliz cuando al menos una determinada proporción de sus vecinos pertenece a su grupo. Los ciudadanos infelices se mudan a un cuadro vacío elegido de forma aleatoria. Incluso con discriminaciones muy ligeras la cuadrícula se segrega de forma vehemente.
Un vecino, luego otro. Cada vecino que se muda hace que la situación empeore para los suyos que quedan atrás y esto genera una cascada de mudanzas. El único equilibrio estable acaba siendo la segregación total a pesar de ser una sociedad tolerante. No en vano Schelling tituló su libro Micromotivos y macrocomportamiento